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Reflexiones 10 min lectura

No, los musulmanes no son un grupo coercitivo: una mirada desde dentro del radicalismo salafista

Una reflexión sobre diversidad religiosa, radicalismo salafista y manipulación coercitiva desde la experiencia personal y el análisis crítico.

Por Salma Halifa Elidrissi·1 abril 2026
No, los musulmanes no son un grupo coercitivo: una mirada desde dentro del radicalismo salafista

Hablar del islam como si fuera una realidad única, homogénea y cerrada no solo es incorrecto: también impide comprender cómo funcionan de verdad los procesos de coerción, pertenencia y radicalización. Para entenderlos hay que distinguir entre una fe diversa y viva, y los entornos que convierten esa fe en una herramienta de control. A veces, además, esa diferencia no se entiende del todo hasta que una la ha vivido desde dentro.


El titular puede parecer provocador, pero precisamente por eso merece una respuesta matizada. La pregunta "¿son los musulmanes un grupo coercitivo?" parte de una simplificación que conviene desmontar desde el principio.

No existe un único modo de ser musulmán. El islam, como cualquier gran tradición religiosa, está atravesado por diferencias culturales, geográficas, teológicas, sociales y personales. Lo viven de forma distinta quienes lo practican desde una comunidad mayoritaria o desde una minoría, quienes lo entienden desde una tradición familiar, quienes lo colocan en el centro de su vida cotidiana y quienes lo viven de forma más cultural que doctrinal. También varían enormemente las prácticas, las prioridades morales, los grados de observancia y la relación con la propia fe.

Reducir todo eso a una identidad única, compacta y coercitiva es tan injusto como intelectualmente pobre.

Ahora bien, reconocer esa diversidad no significa negar otra realidad: como sucede con cualquier sistema de creencias, también dentro del islam pueden aparecer interpretaciones, entornos y grupos que utilicen la religión como mecanismo de control, presión o manipulación. Y ahí es donde conviene afinar el análisis.


Islam no es lo mismo que coerción

Una cosa es una tradición religiosa amplia, plural y compleja. Otra muy distinta es un entorno que vacía a la persona de autonomía, restringe su pensamiento, le impone una única verdad y convierte la pertenencia en obediencia.

Cuando eso ocurre, no estamos ante "los musulmanes" ni ante "el islam" como bloque. Estamos ante una dinámica coercitiva concreta, sostenida por personas, estructuras, discursos y relaciones de poder concretas.

Confundir una cosa con la otra no ayuda a prevenir la radicalización. Solo alimenta prejuicios, estigmas y lecturas simplistas.


El problema de las respuestas cerradas

Mi propia experiencia empezó, como empiezan muchas, no con una búsqueda de violencia, sino con una búsqueda de sentido.

A los 15 años, el radicalismo salafista me atrajo por algo que desde fuera puede parecer simple, pero desde dentro resulta muy poderoso: la promesa de una verdad única y clara. Una guía definida para vivir. Un marco ordenado. Una sensación de dirección. Un lugar desde el que mirar el mundo sin ambigüedades.

Cuando una persona se encuentra en una etapa vital vulnerable, confundida o necesitada de pertenencia, esa promesa tiene una fuerza enorme. No ofrece solo ideas: ofrece estructura, identidad, comunidad y una forma de interpretar cada aspecto de la vida.

Y eso, al principio, puede sentirse como alivio.


Una entrada que se parece al cuidado

Recuerdo con claridad la intensidad de aquella etapa. Las clases dedicadas a la memorización del Corán, el esfuerzo por recitar bien, los encuentros con personas a las que veía como referentes religiosos, los rezos, las charlas, la sensación de estar avanzando hacia una forma más pura y verdadera de vivir.

También recuerdo algo más: el afecto inicial.

La pertenencia no empezó con castigo. Empezó con acogida. Con atención. Con una comunidad que me hacía sentir vista, reconocida y valiosa. Esa experiencia de aceptación fue profundamente gratificante. Sentía que, por fin, había un lugar para mí, una dirección clara y personas dispuestas a sostenerme en ella.

Ese primer vínculo emocional es importante entenderlo bien. Porque muchas dinámicas coercitivas no empiezan con violencia explícita, sino con algo que se parece al cuidado.


Cuando la pertenencia empieza a estrechar la vida

Con el tiempo, sin embargo, esa pertenencia empezó a tener condiciones.

Mi vida se fue estrechando poco a poco. Mis relaciones con la familia cambiaron. Mis amistades empezaron a definirse cada vez más por su capacidad de reforzar mi compromiso con ese camino. Las personas que me rodeaban no solo me acompañaban: también se convertían en guardianas de la ortodoxia, en filtros de la duda, en refuerzo constante de una única manera válida de vivir.

Yo lo interpretaba como protección. Como coherencia. Como fidelidad a la verdad.

Pero, poco a poco, también se fue convirtiendo en restricción.

Cada vez más aspectos de la vida quedaban regulados por esa lógica: la forma de vestir, la conducta diaria, los hábitos, la relación con el cuerpo, el lenguaje, las lecturas, las conversaciones, la forma correcta de pensar y hasta la manera legítima de plantearse una pregunta.

La identidad se iba haciendo más rígida al mismo tiempo que la libertad se iba reduciendo.


La manipulación no siempre se ve como manipulación

Una de las partes más difíciles de explicar de este tipo de procesos es su sutileza.

No siempre se sostienen por imposiciones evidentes. A veces funcionan mediante una combinación muy eficaz de afecto inicial, miedo posterior, presión moral y desactivación del pensamiento crítico.

En mi caso, convivieron varias cosas a la vez:

  • el amor y la aceptación del principio,
  • la culpa y la vergüenza como mecanismos de corrección,
  • el miedo a desviarme,
  • el miedo a perder el vínculo con el grupo,
  • el miedo a traicionar una verdad que ya había hecho mía.

También se fue construyendo un lenguaje específico, lleno de expresiones cerradas y referencias que ordenaban la realidad desde dentro del grupo y levantaban una barrera frente a lo externo. Cuando eso ocurre, el mundo deja de ser un espacio abierto de interpretación y se convierte en un sistema donde ya casi todo viene respondido.

Y si ya todo viene respondido, dudar deja de ser una posibilidad legítima y empieza a vivirse como amenaza.


Lo que se rompe cuando una empieza a dudar

Sin embargo, las contradicciones no desaparecen porque una las silencie.

Con el tiempo empecé a preguntarme por el sentido de ciertas exigencias, por la distancia entre algunos discursos y mis propios valores, por la relación entre justicia, misericordia y control. Empecé a ver grietas en un sistema que hasta entonces me había parecido completo.

Y ahí comenzó algo muy difícil: la duda.

Dudar no fue solo cuestionar ideas. Fue cuestionar la estructura entera que sostenía mi identidad. Porque cuando una creencia total organiza quién eres, qué está bien, qué está mal y cómo debe vivirse cada cosa, perder esa certeza no implica únicamente cambiar de opinión. Implica perder suelo.

Salir de ahí no fue un instante heroico ni una revelación súbita. Fue un proceso doloroso, confuso y lleno de ambivalencias. Porque cuando sales de una estructura rígida no solo dejas atrás una doctrina: también dejas atrás una comunidad, una forma de pertenecer y una narrativa que te explicaba el mundo.

"No era la fe lo que me estaba vaciando de libertad. Era la forma coercitiva en la que yo estaba viviendo esa experiencia."


Recuperar la individualidad

Con el tiempo pude entender algo esencial: la fe no era el problema. El problema era la forma coercitiva y cerrada en la que yo estaba viviendo esa experiencia.

No era el islam lo que me estaba vaciando de libertad. Era una interpretación concreta, una forma de relación con la verdad que exigía obediencia, homogeneidad y disolución de la individualidad.

Recuperarme implicó volver a pensar, volver a sentir, volver a preguntarme quién era sin necesidad de una respuesta prefabricada. Implicó recuperar la capacidad de sostener incertidumbre sin buscar refugio inmediato en una certeza total. Implicó volver a confiar en mi criterio, en mis contradicciones, en mis tiempos y en mi propia conciencia.

Y eso, aunque no siempre es cómodo, se parece mucho más a la libertad que cualquier verdad cerrada.


Entonces, ¿son los musulmanes un grupo coercitivo?

No.

Y precisamente por eso es tan importante hacer esta distinción.

No se puede atribuir a más de mil millones de personas una lógica única, ni convertir una fe diversa en un estereotipo. Lo que sí se puede —y se debe— hacer es analizar con claridad los entornos, discursos y grupos que operan de forma coercitiva, ya sean religiosos, políticos o culturales.

Porque la coerción no pertenece en exclusiva a ninguna religión. Pertenece a estructuras humanas que manipulan el deseo de pertenencia, la necesidad de sentido, el miedo, la culpa y la identidad para reducir la libertad de las personas.

Y para poder prevenirlo, acompañarlo o intervenir, lo primero que necesitamos es nombrarlo bien.


Conclusión

Entender el islam como una realidad plural no significa negar la existencia del radicalismo salafista ni de otros entornos coercitivos. Significa, precisamente, poder identificar mejor dónde está el problema sin convertir a comunidades enteras en caricaturas.

A veces la diferencia entre una experiencia espiritual y una experiencia coercitiva está en algo decisivo: si esa vivencia amplía tu humanidad o la reduce. Si te permite pensar o te exige obedecer. Si te acerca al mundo o te obliga a vivir contra él.

Yo tardé tiempo en comprenderlo. Por eso hoy sé que la vigilancia más importante no es la que se ejerce sobre una identidad religiosa entera, sino la que se pone sobre cualquier estructura que prometa verdad absoluta a cambio de tu libertad.

Temas:islamcoerciónradicalismosalafismodiversidad religiosapensamiento crítico

Salma Halifa Elidrissi

Vivió en primera persona un proceso de radicalización salafista. Hoy acompaña y reflexiona desde la experiencia vivida y el análisis crítico.

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