
Personas que sintieron lo mismo que tú. Y encontraron su camino.
Activa el sonido si quieres escuchar esto
“Sin el cariño adecuado, es muy difícil tratar con personas radicalizadas.”
“Estoy aquí para acompañarte.”
Descubre sus historias
↓Son fragmentos. Momentos. Cosas que pensábamos y sentíamos cuando estábamos dentro.
Puede que te reconozcas en alguna. O en ninguna. Da igual. Aquí no hay moraleja.
Anónima
Estuvo vinculada a un partido nacionalista y a entornos de odio mientras convivía con adicciones, aislamiento y una profunda sensación de vacío
En mi infancia casi nada fue normal. Sufrí bullying, abusos y acabé refugiándome en las drogas. Me sentía sola y vacía, hasta que encontré a gente que me hizo sentir, por primera vez, que pertenecía a algo.
En mi infancia casi nada fue normal. Sufrí bullying desde muy pequeña y viví situaciones que me dejaron profundamente rota. Durante mucho tiempo me sentí sola, vacía y sin un lugar claro en el mundo. Las drogas llegaron también como una forma de anestesiar todo eso.
En medio de ese vacío encontré a un grupo de personas que yo no entendía por qué eran tan demonizadas. Empecé a leer sobre aquella ideología y, poco a poco, sus ideas me fueron convenciendo. Entré en grupos de WhatsApp y Telegram y, por primera vez en mucho tiempo, sentí algo muy simple y muy peligroso a la vez: que no estaba sola.
Más tarde empecé a militar en un partido nacionalista y a luchar por la causa. Durante un tiempo creí de verdad que allí había encontrado sentido, dirección y un lugar. Pero también apareció en mi camino una persona que me hizo empezar a ver algo que yo no quería mirar: que odiar al diferente no estaba bien, que yo no era mejor que nadie, que tampoco era ese ser humano perfecto que me había querido creer.
Cuando empecé a darme cuenta de eso, me hundí. Caí en una depresión muy profunda. Me daba asco pensar en el daño que había hecho, en la persona en la que me había convertido y en todo lo que había defendido. Me sentía tan mala persona que empecé a drogarme cada vez más, como si quisiera desaparecer. Seguía militando, pero algo ya se había roto y empecé a ver a aquella gente de otra manera.
Después me fui a vivir a un piso okupa. Allí conviví con personas de nacionalidades muy distintas. Yo no me metía con ellas, pero todavía seguía arrastrando muchas ideas racistas y una mirada muy contaminada por todo lo que había absorbido.
Un día ocurrió algo que no esperaba: me quedé embarazada. Dejé las drogas, salí del piso y, unos meses después, intenté por primera vez desvincularme del partido. No fue fácil. Me decían lo de siempre: que me iba a arrepentir, que me habían lavado el cerebro, que estaba equivocada. Tardé todavía meses en poder salir del todo. Hasta que no me enfrenté abiertamente a sus ideas, no me dejaron en paz.
Hoy sigo en terapia. Sigo luchando por no volver a caer en esa falsa compañía, incluso en los momentos en que me siento sola. También sigo intentando convivir con la culpa por el daño que hice. Pero ya no quiero seguir escondiéndome dentro de lo que fui. Ahora intento sostenerme desde otro lugar, aunque sea más difícil, aunque a veces duela más. Porque al menos es real.
“La rabia era lo único que me hacía sentir vivo.”
David
Vivió años de soledad profunda en una ciudad lejos de su familia, con su perra como única compañía real. Los fines de semana se convertían en algo casi insoportable. No buscó una ideología: buscaba que alguien le dijera que existía.
Recuerdo ir a bares solo para ver gente. No para hablar con nadie. Solo para que las paredes de mi casa dejaran de comerse el aire. Para sentir que el mundo seguía ahí, aunque yo no formara parte de él.
Recuerdo salir a pasear a mi perra y ver a una pareja caminando, o a un grupo de amigos tomando algo en una terraza, y que eso me destrozase. No porque les tuviera envidia en el sentido mezquino de la palabra. Sino porque mirara donde mirara, yo era el único que estaba solo. O eso sentía. Y esa sensación, día tras día, semana tras semana, se fue convirtiendo en algo muy pesado.
Lo que me salvaba era el trabajo. Por las mañanas estaba rodeado de gente, me llevaba bien con los chavales, había conversación. Pero cuando alguien proponía algo fuera del horario, se me hacía cuesta arriba. Siempre me ha costado vincularme a las personas en lo personal. Y eso, claro, al final reforzaba todo lo demás.
Lo peor eran los fines de semana. Mi familia estaba a casi ochocientos kilómetros. Ir era inviable entre semana, y los jueves ya empezaba a ponerme nervioso. Sabía lo que se me venía encima: dos días y medio solo, sin hacer nada, comiéndome la cabeza.
No sé cómo describirlo exactamente. Era una presión en el pecho, mucha ansiedad, ganas de llorar, la sensación de que yo no contaba para nadie, de que directamente no existía. Estaba mi perra. Estaba mi madre, al teléfono. Y dos o tres personas que sí estaban en mi vida, pero ninguna en la misma ciudad. Podíamos hablar por WhatsApp, sí, pero lo que me habría salvado era algo tan simple como: oye, ¿bajamos a tomar un café? Eso no lo podía hacer. Y cuando te falta algo así, que la mayoría de la gente tiene sin pensarlo, como el agua que sale del grifo, es terrible.
Lo que hacía era ir a bares a ver personas. Solo eso. Mi casa me comía, las paredes se me echaban encima. Y me fabricaba ensoñaciones de iniciar una conversación con un desconocido, de que me cayera bien, de salir un poco de todo aquello. No lo hacía. Pero me lo imaginaba.
Era consciente de lo que tenía que hacer: meterme en algún grupo, hacer deporte, buscar voluntariado. Lo sabía perfectamente. Pero estás como impedido. Es como cuando alguien con depresión escucha "sal a correr un poco" y lo que quisiera responder es: no puedo. Pues era algo así. No sé si tenía depresión, no lo sé. Pero sé que fueron años. Años en esa situación. Y si no hubiera tenido el trabajo, no lo habría soportado. Estoy convencido.
La soledad duele. Eso es lo que me llevé de aquella época. Duele de verdad.
“Iba a bares solo para ver gente. Solo para sentir que el mundo seguía ahí, aunque yo no formara parte de él.”
Lucía, 24 años
Mis amigos de toda la vida se convirtieron en enemigos. No porque me hicieran nada. Simplemente porque no veían lo que yo veía.
Empecé a medir a la gente por lo que opinaban. Si no estaban de acuerdo conmigo en todo, eran parte del problema.
Poco a poco me fui quedando sola. Pero no me sentía sola, me sentía elegida. Como si ser la única que veía la verdad fuera una señal de que yo era especial.
Tardé mucho en darme cuenta de que no era especial. Solo estaba aislada.
Y que la gente que me quería seguía ahí. Esperando. Sin juzgarme.
“Por fin sentía que no estaba sola.”
Anónimo
Militó intensamente en el partido hasta que empezó a ver el coste emocional que esa vida estaba teniendo en su familia, especialmente en su madre
Para mis camaradas y para mí, no había nada más importante que la militancia. Todo tenía sentido. Todo encajaba. Pero el precio era todo lo que iba dejando por el camino. En mi caso, entre otras cosas, mi familia… y sobre todo mi madre.
Para mis camaradas y para mí no había nada más importante que la lucha, la militancia y la defensa de nuestros principios. Cuanto más tiempo, energía y vida entregabas a todo eso, más realizado te sentías. Todo parecía tener sentido. Todo encajaba. Tenías un lugar claro dentro de algo más grande que tú.
Pero el lado B de esa vida llena de supuesta gloria y honor era todo lo que ibas dejando por el camino. En mi caso, entre otras cosas, mi familia. Y muy especialmente, mi madre.
Mi padre era un hombre de su tiempo, de esos que parecen duros porque no han aprendido otra manera de estar en el mundo. Mi madre, en cambio, era una mujer buenísima. No entendía por qué yo la trataba tan mal. Y yo, cuando ella intentaba decirme algo, respondía como responden tantas personas atrapadas en una lógica cerrada: que exageraba, que ya no se podía decir nada, que el problema era suyo.
Pero sí la trataba mal. En el fondo lo sabía. Lo que pasa es que entonces estaba demasiado dentro de mí mismo, demasiado entregado a batallas que solo existían en mi cabeza, demasiado cobarde o demasiado enajenado para aceptar el daño que estaba haciendo. Nunca he sabido qué parte era una cosa y qué parte era la otra.
Con el tiempo pude salir de ese bucle. Y por suerte, hoy mi madre y yo tenemos una relación maravillosa. Pero sigo haciéndome una pregunta que me pesa mucho: qué habría sido de mi culpa si ella se hubiese muerto mientras yo todavía estaba atrapado en aquella vida.
Sin haberle podido decir cuánto la quería.
Esa idea me acompaña y me recuerda algo muy importante: que la radicalización no solo te aleja de quienes piensan distinto. A veces también te arranca a las personas que más te quieren. Y no siempre te das cuenta a tiempo.
“No hay nada más importante que la lucha. Hasta que entendí lo que estaba perdiendo.”
Nadia
Creció en una familia desestructurada, con maltrato y ausencias desde muy pequeña. Buscó protección en entornos radicales durante la adolescencia, después en relaciones de maltrato, después en las drogas. Con 26 años decidió buscar ayuda. Hoy se siente bien. Y eso, para ella, es mucho.
No busqué la radicalización porque me convenciera una ideología. La busqué porque quería sentirme protegida. Porque necesitaba sentirme más grande que el miedo que llevaba dentro desde siempre.
Nací en una familia que nunca fue un lugar seguro. Mi padre era diez años menor que mi madre, la relación era tóxica, había maltrato de todo tipo. Y yo llegué al mundo sin ser realmente querida. Eso lo sé ahora. Entonces, simplemente lo vivía.
Con cinco años, mi padre hizo algo que no debería haber hecho. No lo voy a explicar en detalle porque he tardado mucho en poder trabajarlo, y aún no tengo respuestas claras. Lo que sí sé es que me desarrollé físicamente muy pronto, y con un cuerpo que parecía mucho más mayor que mi edad, empecé a atraer cosas que no me correspondían. Salí muy sexualizada de esa infancia, sin saber muy bien qué me había pasado.
Cuando llegó la adolescencia, empecé a buscar personas que impusieran. Gente que me hiciera sentir protegida, más grande que los demás, más fuerte que el miedo. En esa búsqueda llegué a juntarme una temporada con gente del mundo radical. No porque me convenciera ninguna ideología. Nunca supe mucho de eso, sinceramente. Lo que buscaba era otra cosa: no ser la que estaba abajo.
Pero no duré mucho ahí. Lo que sí duró fue una relación de siete años con mi primera pareja, que empezó siendo pareja y acabó siendo maltrato físico. Lo dejé. Y con veintiún años, cansada de todo, empecé a consumir: alcohol, drogas, lo que se pusiera por delante. Era evadirme o explotar. Y elegí evadirme.
Mis relaciones se fueron poniendo cada vez más tóxicas. Buscaba personas que consumieran, que me maltrataran, que se parecieran al caos que yo ya conocía. Sé que suena a contradicción. Pero cuando el dolor es lo único que conoces, a veces lo que te resulta familiar se convierte en lo que sientes que mereces.
Con veintiséis años toqué fondo. No de golpe. Fue más bien que me cansé tanto que algo se movió dentro. Y en ese momento, algo también me dijo que era yo quien estaba eligiendo eso. Que era yo quien estaba pagando mi dolor con toda esa vida que llevaba.
Pedí ayuda. Me metí en una terapia que fue muy intensa y muy real. Y empecé a ver que lo que yo llamaba mi zona segura era en realidad mi zona conocida. Que la evasión no era descanso: era no querer salir de lo que dolía porque al menos lo dolido era familiar.
Salir de ahí no fue rápido. Aprendí a observar. A reconocer los patrones. A salir antes, a no quedarme cuando algo no me gustaba, a confiar en lo que veía en lugar de en lo que quería que fuera verdad. Eso era nuevo para mí.
Hoy me siento bien. Estoy sola, en el buen sentido: conmigo. Con mi soledad, con mi persona. Sé que tengo mucho trabajo por delante todavía. Pero por primera vez, lo conozco. Y eso, para mí, es más de lo que esperaba conseguir.
“Lo que yo llamaba mi zona segura era en realidad mi zona conocida.”
Marta, 41 años
Creció entre el abuso y el bullying. Pasó por relaciones largas y muy dañinas, y a los 27 años tuvo un intento de suicidio. No tenía una ideología política, pero sí una forma absolutamente rígida de ver el mundo. Hoy tiene 41 años y es feliz.
Yo no tenía una ideología concreta a nivel político que me radicalizara. Pero sí tenía una forma absolutamente rígida de ver el mundo, de defenderme y de separar las cosas en buenas y malas. Y eso también te atrapa.
Cuando era pequeña mi padre abusaba de mí y los niños en el colegio me hacían bullying. Estaba sola mucho tiempo. Era inteligente y me refugiaba en los libros. Me decía que si los otros no me querían era porque yo era diferente, porque veía cosas que ellos no veían. Con seis o siete años es un mecanismo de defensa que funciona de maravilla. Con el tiempo, descubrí que también puede convertirse en una trampa.
Pasaron los años. Tuve dos relaciones largas y la segunda fue una relación llena de abusos físicos y psicológicos por parte de mi novia de entonces. Y ella no era mala persona, te lo aseguro. Cuando me dejó yo era una persona increíblemente dependiente, con muy poca autoestima. A los veintisiete años tuve un intento de suicidio.
No tenía una ideología política concreta que me radicalizara. Pero sí tenía una forma absolutamente rígida de ver el mundo, de defenderme y de separar las cosas en buenas y malas. Y eso también te atrapa. En ese momento pensaba que todo lo que había en mi pasado era sufrimiento, que todo lo que había en mi presente también lo era y que mi futuro seguiría el mismo camino. Lo recuerdo como un océano de dolor que se fundía conmigo, una ansiedad que lo ahogaba todo y una depresión funcional que me permitía seguir aparentando que no estaba tan mal.
No separaba el mundo entre víctimas y mala gente o héroes y villanos. Y sin embargo, lo que hacía se le parecía bastante. Hasta que una amiga que también había estado en una relación de malos tratos me dijo algo que no he olvidado: "Lo importante para mí no fue solo darme cuenta de cómo tenía la cabeza cuando salí de esa relación, sino pensar cómo la tenía antes de entrar en ella para aceptar todo eso".
Eso me hizo pensar de una manera distinta. No en términos de víctimas y villanos, sino en términos de patrones. Muchas veces no vemos de dónde vienen las formas en que reaccionamos, las formas en que nos defendemos o en que le damos sentido al mundo. Vienen de muy atrás. Y en algún momento funcionaron, nos ayudaron a sobrevivir. Pero una herramienta que un día te salvó puede convertirse en una prisión si no sabes que ya no la necesitas.
Podemos indagar, podemos desaprender y podemos construirnos de nuevo. Podemos entendernos no como víctimas de nuestro pasado, de malas decisiones, sino como seres humanos con agencia. Uno de esos patrones de conducta puede ser la radicalización. Podemos entender que esos patrones ya no nos sirven, que no podemos reducir la realidad a algo tan rígido cuando la realidad está en todas partes fluyendo.
Ahora tengo cuarenta y un años. Soy feliz y llevo mucho tiempo siéndolo. Ya ni los demás pueden tratarme mal ni yo puedo tratarme mal. No te lo digo para regalarte una frase bonita, sino porque sé lo que es creer que no hay salida. Y porque también sé que, desde ahí, se puede empezar a vivir de otra manera.
“Podemos entendernos no como víctimas de nuestro pasado, sino como seres humanos con agencia.”
Anónima
A los 16 años sentía que nadie la entendía. La rabia, los portazos y el aislamiento fueron creciendo al mismo tiempo que la sensación de que por fin estaba viendo una verdad que los demás no querían mirar
Aún recuerdo como si fuera ayer las palabras de mi madre y de mi familia: que estaba cambiando, que ya casi no me veían, que siempre estaba enfadada. Yo no sentía que estuviera cambiando. Sentía que por fin estaba despertando y que nadie a mi alrededor era capaz de entenderlo.
Aún recuerdo como si fuera ayer las palabras de mi madre y de mi familia: "estás cambiando mucho, ya casi no te vemos, siempre estás cabreada, antes dabas abrazos…".
Cada vez que me decían algo así, yo reaccionaba con rabia. Salía corriendo, daba un portazo y me encerraba en mi habitación. Poco a poco dejó de ser solo ese portazo. Empezó a ser directamente no estar.
Me dolía muchísimo que me dijeran aquello porque, en el fondo, había algo de verdad. Pero yo era incapaz de ser cariñosa. Algo dentro de mí me lo impedía. Y, además, ¿cómo iba a compartir tiempo con mi familia si sentía que no me conocían de verdad? Ya no se trataba de si sabían mi color favorito o no. Se trataba de quién era yo, de qué me importaba, de qué me movía, de mis gustos, de mis ideas, de lo que estaba pasando dentro de mí.
Yo sentía que no estaba cambiando: sentía que estaba despertando. Que estaba viendo la injusticia del mundo sin vendas. ¿Cómo iba a ser la misma si ya no veía las cosas igual?
Lo que más me dolía era que no se paraban a hablar conmigo de verdad. No intentaban preguntarme ni conocerme. Siempre estaba esa sensación de que todo lo que yo decía no tenía sentido o de que ya se me pasaría. Como si una niña de 16 años no pudiera saber nada importante sobre la vida.
Pero esa niña de 16 años sí sabía algunas cosas. Sabía lo que era la soledad. Sabía lo que era la impotencia. Sabía lo que era transformar la tristeza en rabia para poder sentir algo distinto al dolor. Sabía lo que era sentirse invisible, incomprendida y atrapada dentro de sí misma.
Sentía un vacío enorme, como si nadie pudiera tocar mi mundo. Y al mismo tiempo una ira inmensa por no poder explicar lo que realmente estaba pasando dentro de mí. Nadie me entendía. Nadie sabía lo que pensaba porque nadie me preguntaba. Pero sin escuchar mis respuestas, todo el mundo supo juzgarme.
“Nadie se radicaliza pensando que se está radicalizando.”
Guillermo
Militó más de diez años en la extrema izquierda extraparlamentaria, desde el anarquismo hasta el marxismo-leninismo. Llegó a plantearse seriamente entrar en la lucha armada. La rabia le dio un propósito durante una década. La factura que pagó aún la está saldando.
Despreciaba la vida humana. Me creía con el derecho a decidir si alguien merecía o no seguir viviendo. Lo cuento ahora y me parece imposible, pero así de lejos puede llevarte el odio cuando te convences de que tienes razón.
Empecé a militar en la extrema izquierda hacia el 2003, 2004, poco después de entrar en la universidad. Venía de un hogar que por fuera parecía normal, pero que estalló justo en esa época. Y con todo lo que se rompió dentro de mi familia, algo también se rompió dentro de mí. Llegó una sensación de vacío, de rabia, de odio que no sabía dónde meter. Y encontré el sitio perfecto para meterlo: afuera.
Primero contra el Estado. Luego contra la burguesía, el capitalismo, todo eso. Me fui haciendo más y más marxista-leninista, cada vez más extraparlamentario, cada vez más convencido de que el comunismo oficial era una pantomima reformista. La causa era lo único real. Todo lo demás era perder el tiempo.
Durante más de diez años eso fue mi motor. Mi gasolina. Lo único que respiraba. Desaproveché mis estudios porque creía que lo importante no era formarse, sino hacer la revolución. Rechacé buenos trabajos de profesor porque quería algo que me dejara libre para militar. Me perdí el nacimiento y la infancia de mis tres sobrinos en Estados Unidos porque anteponerlos a la lucha obrera me parecía un pensamiento burgués. Imagínate. Mis sobrinos, el enemigo.
Y llegué a plantearme entrar en un grupo armado clandestino. A la lucha terrorista. Lo digo sin disimular lo que fue, porque no tiene sentido suavizarlo. Despreciaba la vida humana, creía que algunos no la merecían, y si otros grupos hacían lo que yo no me atrevía, me parecía bien. Hasta ahí llegué.
Recuerdo una frase de la película American History X que me marcó mucho tiempo después: ¿algo de lo que has hecho ha mejorado tu vida? Y la respuesta, siendo honesto, era no. Salvo un nivel alto de formación política, todo empeoró. Perdí trabajo. Casi pierdo a mi familia. Casi pierdo mi libertad.
Solo leía libros de la causa. Solo hablaba con gente de la causa. El resto eran enemigos o pérdida de tiempo. Me fui aislando, abriendo una brecha entre el mundo y yo. Sin amigos de verdad, sin trabajo estable, enfermo incluso. Y con un vacío enorme dentro que el odio no llenaba, aunque lo intentaba. El odio duele. Deja huella en el cuerpo, en la mente. Te consume como un fuego.
Y cuando ese fuego se apaga, cuando te das cuenta de que todo era mentira y que esa gasolina se acaba, lo que queda es el daño. El daño que hiciste. El daño que te hiciste. Los años que no vuelven.
Todavía estoy intentando salir de esto. Todavía pago el precio de alguna manera. Pero sé que vivir sin ese odio merece más la pena. No porque sea fácil. Sino porque lo otro, al final, tampoco funcionaba.
“El odio duele. Deja huella en el cuerpo, en la mente. Te consume como un fuego.”
Marcos, 28 años
Podía pasar horas hablando de lo que estaban haciendo "ellos". Quiénes eran "ellos" cambiaba según el día. Pero siempre había un "ellos".
A veces eran los inmigrantes. A veces los políticos. A veces los ricos. A veces los progres. A veces los fachas.
El enemigo iba cambiando, pero la rabia era siempre la misma.
Un día me di cuenta de que no conocía personalmente a ninguna de las personas que odiaba. Que todo lo que sabía de ellos lo había leído en una pantalla.
Y que probablemente ellos tampoco me conocían a mí. Ni sabían que los odiaba.
Estaba teniendo una guerra con gente que no sabía que estaba en guerra conmigo.
“Nadie me preguntaba qué me pasaba, pero todo el mundo supo juzgarme.”
Anónimo
Creció dentro de una lógica de calle donde la lealtad y el grupo estaban por encima de todo. Años después entendió que el miedo no había desaparecido: simplemente no le dejaban escucharlo
La primera vez que sentí algo parecido al miedo tenía delante a más de veinte personas dispuestas a matarnos. Éramos cuatro. Y, aun así, ninguno dio un paso atrás.
La primera vez que sentí algo parecido al miedo tenía delante a más de veinte personas dispuestas a matarnos. No me equivoco al decirlo así, porque así funcionaba la calle y no era la primera vez que una situación así podía terminar muy mal.
Habíamos acabado en su territorio y no daba tiempo a huir.
Normalmente éramos nosotros quienes ganábamos en número. Normalmente no había miedo. Solo había adrenalina, el corazón acelerado, la sangre hirviendo. Pero no miedo. No sé por qué nunca aparecía. Quizá, de haber existido antes, yo no habría estado allí.
Pero ese día sí lo sentí. Fue una sensación fría, seca, directa al pecho.
Y lo curioso es que, a pesar de sentirlo, a pesar de que éramos cuatro frente a más de veinte, ninguno retrocedió. Nadie dio un paso atrás. Nadie se planteó salir corriendo. Era como si el miedo estuviera ahí, pero no tuviera permiso para decidir por nosotros.
Supongo que era eso: una ley de la calle no escrita en la que tu deber era quedarte. Irte no era una opción. Defendías aquello en lo que creías incluso cuando podías perderlo todo, aunque en realidad casi nunca pensábamos de verdad en que podíamos perderlo todo. Había una parte de nosotros que sentía que quedarse era una obligación.
Y en medio de todo eso, entre la tensión, el ruido y la violencia a punto de estallar, había también algo más difícil de explicar: una mezcla extraña entre orgullo, lealtad y una calma rara, como si en ese momento ya no hubiera vuelta atrás y aceptarlo fuera otra forma de seguir en pie.
Pasaron muchos años hasta que volví a sentir miedo de una manera sana. No como algo que hubiera que aplastar, sino como algo que también puede protegerte.
“Nadie retrocedió. Era como si el miedo estuviera, pero no importara.”
Anónima
Vivió una etapa de rigidez religiosa en la que confundió pureza con verdad. Durante ese proceso se fue alejando de su familia, hasta que empezó a entender que la salida no era traicionar su fe, sino dejar de vivirla desde el cierre
Un día le dije a mi madre que iba a dejar de usar pantalones porque sentía que marcaban demasiado el cuerpo. Yo estaba convencida de que había una forma correcta de vivir el islam y de que todo lo demás era quedarse a medias.
Un día le dije a mi madre que iba a dejar de usar pantalones porque sentía que marcaban demasiado el cuerpo. A ella no le gustó nada, y yo no entendía por qué.
En aquel momento estaba convencida de que existía una forma correcta de vivir el islam y de que todo lo que se saliera de ahí era quedarse a medias. Mis padres también eran musulmanes, pero no lo vivían desde ese lugar tan rígido. Y yo, desde mi mirada de entonces, sentía que no lo estaban haciendo bien.
Eso fue creando una distancia enorme entre nosotros. Yo pensaba que tenía que acercarlos, enseñarles, hacerles ver lo que yo veía. Pero al mismo tiempo había algo que no me encajaba, porque el propio islam habla de cuidar y respetar a los padres, y yo cada vez me sentía más lejos de ellos.
Recuerdo muy bien una conversación con mi madre. Me contó que de pequeña le pegaban en la mano hasta hacerla sangrar para memorizar el Corán. Y me dijo cómo iba a sentir algo bonito hacia eso después.
En aquel momento yo pensaba que eso no era el islam. Y sigo pensándolo. Pero ahora también entiendo que las formas en las que se vive una religión dejan huella, y que no todo se puede separar de forma tan limpia y tan simple.
Con el tiempo fui entendiendo que el problema no era el islam, sino la manera en la que yo lo estaba interpretando. Una forma que, en lugar de acercarme a los míos, me estaba alejando de ellos.
Salir no fue un instante concreto. Fue más bien un proceso en el que todo se fue desordenando.
Cuando crees muy fuerte en algo, ese algo te estructura la vida. Te dice quién eres, qué está bien, qué está mal, hacia dónde ir. Y cuando eso se cae, no es solo una idea la que desaparece. Es el suelo entero.
Recuerdo empezar a dudar de todo. Incluso de mí. Me costaba afirmar cualquier cosa porque pensaba: ¿y si dentro de poco dejo de creer también en esto?
Esa incertidumbre fue incómoda, pero también necesaria. Porque me obligó a reconstruirme sin respuestas cerradas.
Hoy ya no tengo las certezas que tenía entonces, pero tampoco las necesito de la misma manera. Y eso, aunque a veces da vértigo, también me parece una forma más honesta de estar en el mundo.
“Cuando se cae una certeza, no desaparece solo una idea: a veces se te cae el suelo entero.”
Salma
Durante su adolescencia encontró en el radicalismo salafista una promesa de claridad, pertenencia y pureza. Con el tiempo entendió que aquella certeza también estaba borrando su libertad y su individualidad
A los 15 años me atrajo la promesa de una verdad única y clara. Sentí que por fin tenía una guía para vivir, una forma de ordenar el mundo y de saber quién era. Lo que no supe entonces es que también estaba entrando en un lugar donde mi libertad se iría apagando poco a poco.
A los 15 años me atrajo la promesa de una verdad única y clara. Sentí que por fin tenía una guía definida para navegar por la vida, una forma de ordenar el mundo y de saber quién era. Lo que no sabía entonces es que también estaba entrando en un espacio donde mi libertad y mi individualidad se irían apagando poco a poco.
Recuerdo el entusiasmo del principio. Las clases, la memorización del Corán, los encuentros con eruditos, los rezos y las charlas congregacionales. Todo me hacía sentir que avanzaba hacia algo puro, firme y verdadero. Cada paso parecía acercarme más a una vida con sentido.
También empecé a rodearme de personas que reforzaban ese camino. Al principio aquello se sentía como amor, aceptación y comunidad. Me sentía vista, reconocida, acompañada. Pensé que había encontrado un lugar seguro y una forma correcta de vivir.
Pero con el tiempo empecé a notar el precio de esa pertenencia. Mi vida se fue estrechando. Mis relaciones con mi familia se fueron llenando de distancia. Mis amistades dejaron de ser libres y empezaron a girar alrededor de la ortodoxia, de la corrección, de mantenerme dentro del camino marcado.
Poco a poco todo empezó a pasar por ese filtro: cómo me vestía, cómo hablaba, cómo pensaba, qué podía cuestionar y qué no. Lo que en un principio parecía una forma de entrega espiritual empezó a convertirse en una forma de control. La culpa, la vergüenza y el miedo fueron ocupando un lugar cada vez más importante. Miedo a desviarme. Miedo a dudar. Miedo a perder el vínculo con el grupo. Miedo incluso a pensar por mí misma.
También mi lenguaje empezó a cambiar. Mi forma de mirar el mundo se hizo más rígida, más cerrada, más obediente. Y cuanto más cerrada se volvía, más se debilitaba algo esencial en mí: la capacidad de preguntarme si aquello seguía siendo verdad para mí o si solo estaba aprendiendo a callar mis contradicciones.
Con el tiempo, esas contradicciones se hicieron imposibles de ignorar. Empecé a preguntarme por la justicia, por la misericordia, por la distancia entre ciertas doctrinas y mis propios valores. Y esa duda, que durante mucho tiempo había vivido como una amenaza, fue también el inicio de mi salida.
Salir fue doloroso. Porque no se rompe solo una idea: se rompe también una identidad, una comunidad y una manera de explicarte el mundo. Pero salir también me permitió recuperar algo que había ido perdiendo sin darme cuenta: mi libertad interior.
Hoy miro atrás y sé que aquella promesa de verdad total me atrajo porque ofrecía claridad, pertenencia y descanso frente a la incertidumbre. Pero también sé que ninguna verdad que te obligue a dejar de ser tú puede llamarse realmente libertad.
“Salir no fue un momento. Fue un proceso de años.”
María
Vivió un proceso de radicalización dentro del feminismo radical que, combinado con el TOC, convirtió la vigilancia ideológica en rumiación constante y sufrimiento. Hoy trabaja en recuperar los grises.
Cuando el movimiento me ofreció una verdad clara y un marco para entender el mundo, lo abracé. Lo que no vi entonces es que, con el TOC que tengo, esa rigidez se convertiría en una fuente interminable de sufrimiento.
Durante mi tiempo dentro del feminismo radical viví una de las etapas más difíciles de mi vida. No fue inmediato. Al principio sentí lo que sienten muchas personas cuando encuentran un grupo: que por fin pertenecía a algo, que había una explicación para cosas que me habían dolido y que había gente que lo veía igual que yo.
El problema llegó después. Yo tengo TOC —trastorno obsesivo compulsivo— y la rigidez del movimiento alimentó algo que ya estaba en mí: una hipervigilancia constante hacia el mundo. De repente, casi todo lo que me rodeaba parecía mal. Cualquier comentario, cualquier actitud, cualquier detalle pasaba por un filtro muy estrecho y muy implacable.
Lo que al principio fue ideología fue convirtiéndose en rumiación. Analizaba todo bajo una lupa negativa: lo que decían los demás, lo que hacían, lo que yo misma decía y hacía. El juicio se volvió perpetuo, hacia fuera y hacia dentro. Las redes sociales lo amplificaban todo. Muchas páginas de psicología tampoco ayudaban, porque tendían a presentarlo todo en blanco y negro cuando la realidad, casi siempre, está llena de grises.
Esa hipervigilancia me pasó una factura enorme. Mis relaciones se fueron deteriorando. El agotamiento era constante. Y acabé en una depresión con la que todavía sigo lidiando a día de hoy.
Ha sido un proceso largo. Hasta el día de hoy hay momentos en que me cuesta ver los grises, en que la rigidez vuelve sin que yo la haya invitado. Pero sé que estoy en el camino. Y sé que se puede salir.
Desradicalizar mi pensamiento ha sido, sobre todo, un proceso de restauración mental. He aprendido que se puede creer en la igualdad sin vivir en un estado de conflicto permanente. Que se puede tener convicciones sin que esas convicciones te consuman. Que salir de ese ciclo no significa traicionar nada: significa recuperar la paz, dejar de ver ofensas en cada rincón y reconstruir los puentes que se rompieron.
Si alguien se siente atrapado en ese ciclo, quiero que sepa que es posible volver a una visión más humana y más equilibrada. Y sobre todo, que no está solo.
“Se puede creer en algo sin vivir en un estado de conflicto permanente.”
Anónima
Licenciada que al terminar la carrera cayó en un trabajo abusivo y tres años de autodestrucción. No lo cuenta desde el orgullo. Lo cuenta por primera vez, desde el anonimato total, por si le sirve a alguien.
Sirva este caso como ejemplo de que caer en un pozo y la desesperación autodestructiva le puede pasar a cualquiera. A los empollones, también.
Sirva este caso como ejemplo de que caer en un pozo le puede pasar a cualquiera. A los empollones, también.
Soy licenciada y con los años he entendido que una de mis características es que tengo una curiosidad insaciable y que necesito constantemente algo que mueva mis pasos. Sin esa zanahoria me meto en la cama y no quiero salir.
Cuando terminé la carrera, me fui al pozo. Lo único que sabía hacer era estudiar. Nunca había tenido unas notas brillantes porque soy una cabeza de chorlito y andaba en demasiados frentes, pero aprender se me da bien. Y cuando eso se acabó, no supe qué hacer.
Enganché en el primer trabajo que me salió. Empecé a trabajar en negro, con un tipo que maltrataba a sus empleados. Yo estaba emocionalmente entre que había estudiado para eso, que una parte del trabajo me gustaba, y que vivía asustada de cómo iba a estar el jefe ese día. Mi salida fue meterme a fuego en aquello. O estaba trabajando, o estaba llorando, o estaba pedo. Así tres años. Me bebí el agua de los floreros, me metí todo lo que se me puso por delante.
Quemé amistades, relaciones, quemé prácticamente todo. Tres años muy malos de no querer pensar. Siempre anestesiada o desesperada.
Y entonces no pude seguir en ese trabajo y me salió una oferta radicalmente distinta. Sin pensarlo demasiado, me fui a trabajar al campo. Veía amanecer, pero esta vez en una carretera, en un camino, yendo al tajo. A mí me salvó la naturaleza. Ver el cielo, las nubes, que me diera el sol, quemarme, pelarme de frío. El contacto con algo más grande que mi propia cabeza. Todavía hoy me salva el día ver al milano discutir con el cuervo por la titularidad de la chopera.
De la noche a la mañana se acabó la fiesta. Madrugaba, llegaba a casa machacada pero súper feliz, me duchaba y leía, leía mucho. Viví sola un año muy a gusto y me quité de todo sin dificultad, porque se me pasó la desesperación. Al no doler, no necesitaba analgesia.
El resto es una historia común: trabajo, pareja, hijos, todo ok. Casi nunca bebo, pero si me echo unos vinos no pasa nada. No salen demonios porque no tengo demonios. No fumo, no me drogo, ni quiero.
En mi trabajo actual trabajo con menores. Haber estado en un pozo me ayuda a empatizar con los que parecen estar en uno. Son mis polillitas. Intento ir encendiendo luces, a ver si van hacia alguna. La verdad es que me avergüenza absolutamente contar esta historia. Nunca he tenido el valor de contarlo. Solo puedo hacerlo desde el total anonimato.
Historia de licenciada con demonios, actualmente reciclada en adulta razonablemente funcional. Consciente de haber paseado por el filo. Nada orgullosa de ello. Pero lo que hay es lo que hay: si le sirve a alguien, desde la vergüenza absoluta, habrá tenido algo de bueno.
“Al no doler, no necesitaba analgesia.”
Si has pasado por algo parecido y quieres compartirlo, nos encantaría leerte. Puede ser anónimo. Lo revisaremos antes de publicarlo.
No tienes que tenerla clara. Escribe lo que te salga.
Si algo de lo que has leído te ha removido, hay más por explorar.
Continuar hacia AYUDA →